domingo, 12 de septiembre de 2010

Paso a nivel: ¿Cuál es la verdad?


Una hoja en blanco es un desafío a tu intimidad, un órdago que el destino lanza a tu mundo interior, un dardo envenenado que casi siempre da en la diana. El vacío, por impecable que parezca, no deja de ser abismo; cada renglón en blanco es un lobo vestido con piel de cordero que parece invitarte a dejar salir lo mejor de ti aunque, en realidad, se propone aprovechar cualquier descuido para escurrirse entre las barreras de tu conciencia y abrir puertas que preferirías mantener cerradas a cal y canto. Un folio por entintar es un enemigo camuflado en candidez, un ladrón de ideas que acecha tras la blancura, es como un agricultor incompetente que se empeña en sembrar más dudas cuando aún no ha terminado de recolectar los frutos agridulces de su anterior cosecha de ideas frustradas.

Un renglón sin escribir es una amenaza en potencia. Su simple aparición enmedio de un océano caligráfico puede generar una mar gruesa que, quizás, desemboque en tempestad inaplacable. ¿Cómo es posible que una simple línea en blanco pueda hacer irrelevante toda una redacción? Lo es, simplemente, porque por más que nos empeñemos en ello jamás seremos capaces de pensar en absoluto; las ideas son materia plástica, que constan de un corpus robusto pero también de un contorno variable, al que cada uno da forma a su gusto. Parece como si cada persona, al proponerse amueblar su cabeza, actuase del mismo modo que cuando compra los muebles para su hogar: escogerá mobiliaro realizado con los mismos tipos de madera que el que se vende a los demás, pero con un acabado concreto que sólo a ella le agrade. Y por eso admiro a las mentes expertas en diseño de interiores cerebral, las de los hombres que son capaces de interpretar por qué la conciencia de cada persona centra su decoración en la madera de haya, la de pino o la de roble, o por qué sus respectivos propietarios se han decantado por cubrir las ventanas con cortinajes opacos que no permitan el paso de la luz del exterior, con visillos translúcidos que sólo dejen ver lo que interesa, o sencillamente con persianas que poder levantar cuando el día sea radiante y hundir en el alféizar cuando advengan las tormentas.

Y esque, a veces, uno llega a la conclusión de que todo en el mundo humano es relativo, uno se da cuenta de que nadie posee la verdad absoluta sobre nada, y descubre que el fundamento de nuestra existencia, lo que da sentido a nuestras vidas, es quizás encontrar nuestra propia verdad. ¿Cómo encontraré yo la mía, si debe andar perdida entre el caos de millones de versiones que circulan a mi alrededor sobre todas las cuestiones que alguna vez nos planteamos? Provoca tal angustia deducir que, si nos pasamos la vida buscando una verdad, es porque vivimos rodeados de mentiras desde el momento en que nacemos... ¿Qué fue entonces de todas aquellas generaciones que, oprimidas por el yugo del poder totalitario, no pudieron desarrollar esa búsqueda por tener prohibido pensar libremente, algo que sólo unos pocos valientes se atrevían a hacer? ¿Qué hay de aquellas personas que mueren precipitadamente, demasiado pronto, sin haber descubierto aún la salida del laberinto?

Por otra parte, cuando uno intenta adoptar una postura ideológica, forjarse una manera de pensar, las primeras paredes que levanta parecen de cartón piedra. Se derrumban con el soplo de una simple brisa, de forma que cada vez que se enfrenta a opiniones distintas éstas logran persuadirle de que está equivocado, o al menos conseguir que sus pobres estructuras prefabricadas se tambaleen. La discrepancia, la variedad de los puntos de vista, se convierte en ocasiones en un quebradero de cabeza que desconcierta, aturde, y tienta a tirar la toalla. No sabes en qué franja del espectro situarte, ni qué filosofía seguir, ni mucho menos cómo construirte piedra a piedra un pensamiento genuino.

Cuando no eres capaz de dilucidar por tí mismo quién tiene razón y quién está equivocado, cuando tu conciencia es un castillo de naipes, cuando las continuas encrucijadas te abruman, cuando cada calle que tomas termina estando cortada,... ¿Qué hacer? Cuando la búsqueda de tu gran verdad no pasa de un punto muerto, ¿qué está fallando?

Yo no lo sé, ni consigo averiguarlo, y por eso cada folio en blanco, para mí, es un enemigo. Y es que en cada escrito me cuestiono las ideas que expuse en el anterior. En cada escrito me reinvento a mí mismo, lo que creo, lo que pienso. En cada escrito reescribo mis tesis hasta consumir la tinta del bolígrafo o la memoria del disco duro. Cada espacio en blanco al que miro cara a cara es un nuevo campo de batalla donde seguir librando mi guerra contra el mundo. Yo intento escalar sus murallas, pero es inexpugnable; intento alcanzar sus costas en patera, pero es inaccesible; intento adentrarme en sus bosques, pero es impenetrable.

Con tal de conservar al menos la cordura, me resigno a pensar que mis frustraciones intelectuales, mis dilemas de apariencia irresoluble, pueden deberse a la edad, ya que al fin y al cabo la adolescencia es un periodo convulso en el que se experimentan demasiados cambios en poco tiempo. Afortunadamente me queda mucho por vivir, y quizás, con el tiempo, la bruma se disipe y mi mente se aclare. Hasta entonces un incómodo y antiguo interrogante seguirá haciéndose presente en cada uno de mis momentos de reflexión, en mis desvelos nocturnos, en mis hojas "in albis" y en mis paseos al ocaso; un interrogante muy similar al que, hace ya más de dos mil años, cuentan que todo un gobernador romano espetó en un pretorio, con tono inquisidor, a un acusado que sería declarado reo de muerte: "¿Qué es la verdad?". Yo no soy capaz de creer a pies juntillas todo lo que relatan los Evangelios, y mis trémulas ideas parecen derivar cada vez más hacia el ateísmo pero, parafraseando a Poncio Pilatos, no dejo de preguntarme a mí mismo: "¿Cuál es mi verdad?".

SUPERTRAMP;
"Logical Song"
Breakfast in America, 1979



CARPE DIEM,
Soldemercedes.

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