jueves, 8 de abril de 2010

A CORAZÓN ABIERTO (VI): ¿Hasta cuándo?



¿Quien dijo que la infancia nunca vuelve? Atrás quedaron mis años de juegos y fantasias para dar paso a la a veces rancia seriedad de los años. Pero desde el momento en que mis ojos encontraron a los suyos, desde el momento en que nuestras palabras se cruzaron por vez primera, todos los palos de mi sombrajo comenzaron de nuevo a venirse abajo, la fragil estabilidad de mi vida de joven se hizo añicos en un segundo. Vuelvo a sentirme como un niño, cerca de 10 años despues de haber dejado de serlo. Lloro a todas horas, construyo sueños de carton piedra, dibujo corazones de tiza en todas las paredes y pierdo el control de mis impulsos. Es como si todo mi ser hubiese pillado repentinamente una de esas tipicas rabietas infantiles, y al igual que el perro del hortelano ni coma ni deje comer, ni tenga el valor suficiente para dar el paso que quiere dar ni se permita tampoco la cobardia de retirarse del combate a destiempo. Con la soga al cuello, desesperado, hiperactivo, iterativo, nervioso, desvencijado, roto, malherido, busco la salida de este tunel pero entre la oscuridad y las tinieblas que lo cubren por completo no hallo por ninguna parte la lucecita verde que me la indique. 

La soledad de la noche es mi mejor confidente; es...
Como no hallar la guía en el rollo de celo,
como perder el cabo en la bobina de hilo,
como buscar una aguja en un pajar...

Así son mis madrugadas; exasperantes, angustiosas, embriagadas de cávila, ávidas de luz, claustrofóbicas.
Cada noche, quedo aprisionado en infiernos de cartón piedra que arden con las primeras luces de la mañana,
esas que aún no son capaces de quemar la piel pero sí de calcinarte el corazón. El Sol matutino cauteriza
tus heridas más profundas, pero las quemaduras se sienten más con la Luna.


CARPE DIEM,
Soldemercedes.

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