Hoy, después de la euforia, me quedé sin palabras. Jamás experimenté sensaciones románticas tan intensas en toda mi vida. Hoy, he comprendido lo que significa realmente amar a alguien, sin condiciones, sin cláusulas de rescisión, sin intereses ni fluctuaciones. Y también he descubierto la íntima unión que existe entre el amor
y la amistad sincera; ambos corren parejos, pero siempre independientes, deben ser rectas paralelas que discurran muy pegadas la una a la otra, en armonía, pero sin invadirse mutuamente la senda, sin llegar a ser secantes. Los más complejos triángulos amorosos suelen resultar de la mezcla amalgámica y confusa del amor y la amistad, de la transgresión de los límites y barreras que los separan y aislan.
¿De dónde afloran los malditos celos que me corroen por dentro? ¿Qué diablos está ocurriendo en mi interior? La distancia infranqueable es un veneno que saca a relucir nuestra parte más visceral, oscura y egoísta, nuestro yo ambicioso y posesivo, nuestro alter ego más dantesco. ¿Qué pasa? ¿Por qué no puedes dormir, ni dejar de pensar en lo que ocurre a cientos de kilómetros de distancia? ¿Por qué tu cama se ha convertido estos días en una fría mesa de torturas envuelta en las espesas tinieblas de las madrugadas más tensas de tu vida? No puedo esperar, quiero estar en todas partes, quiero el don de la ubicuidad y la omnisciencia para saber a ciencia cierta lo que se cuece a mis espaldas.
Estoy obsesionado. Estoy hipnotizado, cegado, aletargado, triste, maltratado, desvencijado, roto, desesperanzado, mermado, intranquilo, desequilibrado, herido, desmembrado. No puedo enfrentarme a más mañanas vacías, desprovistas de toda su esencia, de su motor, de su sentido, de ti. No soy capaz de digerir más añoranzas, más expectativas inciertas, la acidez de tu ausencia me ha disuelto el apetito. Pues nada de esto tiene sentido sin ti, ni siquiera entiendo por qué aún sigo aquí. Quisiera huir lejos, apartarme de todo lo que duele, de tu presencia, de tu recuerdo. Pero la cruda realidad reside en el hecho de que no sería capaz de doblar una sola esquina sin volver la vista atrás para mirarte otra vez.
No sé que va a pasar cuando regreses. Me pregunto, insistentemente, si habrá cambiado tu imagen de mi, si me verás de otra manera, si las cosas serán distintas y si cambiarán para mejor. Mas no hallo la respuesta, no poseo el don de la clarividencia ni te conozco lo suficiente como para aventurarme a predecir basándome en meras suposiciones. No sé qué va a pasar... y eso me inquieta. Una parte de mi desea volver a verte con todas mis fuerzas, otra maldice al cruel destino, otra trata de terciar en la disputa, y una cuarta huye despavorida e invita al resto a hacer lo mismo.
Esto es un infierno. No puedo más. No sé que más decir, ni lo que hacer, ni cómo hablar, ni qué pensar. Mi corazón está inundado de ti, pero las aguas que lo anegan no son de tu mar. Son rios que el alma crea, buscando desembocadura en otro ser, afluentes de ilusión, arroyos de sueños, torrentes de sentimiento desbocado y casi siempre unilateral que terminan por desbordarse cuando no encuentran vertedero. El agua no se comprime, no se deshace, no puede esconderse, no desaparece.
Esperar. Mi corazón a punto de estallar, y lo único que puedo hacer es esperar. La espera me exaspera. La espera me amordaza. La espera es la mortaja que custodiará mis restos cuando muera de ilusión, de pasiones frustradas. No puedo más, basta de espera, algo de paz, sin más tensiones, tranquilidad. Quiero esperar, pero la muerte no espera al corazón que aun espera algo más que vivir en paz.
CARPE DIEM,
Soldemercedes.

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