Soy gran amante de los refranes castellanos (aunque no tan erudito en la materia como me gustaría), y el que sirve de título a este escrito le viene como anillo al dedo a la situación que actualmente se vive en nuestro país, donde hace tiempo que la clase política es la tercera gran preocupación nacional pero ahora, tras la última batalla electoral, se está convirtiendo en nuestra principal rémora.
Lejos de aparcar sus diferencias y unir sus fuerzas para luchar contra una virulenta crisis económica que, en el ámbito laboral, se ha cobrado ya cuatro millones de víctimas, los dos grandes partidos políticos españoles llevan desde el minuto uno del combate enfrascados en un eterno tira y afloja, en un constante pulso por el poder, en diatribas superfluas que desvían su atención del enemigo común. Mientras tanto, miles de ciudadanos que depositaron su confianza en ellos ven cómo ambos la traicionan y solo velan por sus propios intereses. No es de extrañar, de esta forma, que la desafección política sea cada vez mayor, cuando los primeros que demuestran indiferencia son los propios políticos hacia sus electores.
Paralelamente a las intrigas "palaciegas" (en torno a Moncloa y la Presidencia del Gobierno) y "cortesanas" (del Parlamento), la realidad a pie de calle sigue siendo igual de cruda: Puestos de trabajo que se pierden, empresas que cierran, subsidios y prestaciones que se agotan, viviendas y negocios que terminan siendo embargados por impago, etc. Esa es, tristemente, la tónica general en la vida diaria de nuestros pueblos y ciudades; esos mismos que, según los lemas de las recientes campañas electorales, iban a ganar con el PSOE, o se convertirían en el centro de atención del Partido Popular. Ninguno de los dos, según podemos comprobar estos días, ha comenzado con buen pie el nuevo mandato municipal, dado que es raro el lugar donde los socialistas no han salido escaldados de las urnas, y en lo que realmente sigue centrado el PP es en desalojar a Zapatero del poder lo antes posible.
Y es que sacar de contexto los resultados de las últimas elecciones municipales y extrapolarlos al plano estatal es, quizás, la última baza que les queda por jugar a los populares en su empeño por alcanzar la Moncloa anticipadamente. Si su intención es, de veras, generar confianza en la ciudadanía y en los mercados y asegurar la estabilidad del país para que puedan proseguir las reformas, ¿por qué no respeta la voluntad que los ciudadanos expresaron hace tres años y colabora con el gobierno legítimo, en lugar de torpedearlo sin cuartel para que se hunda? Si tan leal y responsable hacia el país es su postura, ¿por qué, entonces, no la lleva hasta el final y plantea en el Congreso de los Diputados una moción de censura contra el Ejecutivo socialista? Como siempre, los intereses electorales son los que priman; Rajoy prefiere que el gobierno dimita o agonice lentamente por falta de credibilidad y apoyos parlamentarios, para así aterrizar en la Moncloa con suavidad y sin apenas esfuerzo, y no arriesgarse a ser impopular ante las urnas por haber "derrocado" al Presidente.
Al PSOE, por su parte, el tsunami de la crisis se lo ha llevado por delante, hasta el punto de barrerlo del mapa político. Cada vez se perfila con más claridad en el horizonte de las elecciones generales una clara victoria, tan contundente como inmerecida, del PP, que no haría otra cosa que aprovechar la inercia de la remontada económica para encumbrarse de nuevo como salvador por haber obrado la versión 2.0 del famoso "milagro económico español", acosta del trabajo sucio de reformas polémicas que le habría ahorrado su antecesor y adversario. Con un futuro tan negro por delante, no cabe esperar otra cosa que una especie de "guerra civil" en el seno de un partido socialista al que los rigores de la economía, la falta de previsión y las presiones europeas han arrojado en brazos del neoliberalismo; una doctrina que, a la hora de buscar salidas a situaciones complicadas como la que vivimos no distingue entre inocentes y culpables sino, como el arcaico statu quo medieval, entre privilegiados y no privilegiados.
Pero los socialistas, aunque en las actuales circunstancias no hagan demasiado honor a su nombre, no se rendirán. Depurarán responsabilidades, relegando a Zapatero a sus zapatos, y abrirán la caja de Pandora de la sucesión, en un momento en el que lo que más les convendría es una profunda renovación de sus planteamientos. Si Zapatero y sus ministros se limitasen a gobernar hasta el último dia, y el partido se preocupara de reencontrarse a sí mismo en lugar de fragmentarse, el PSOE podría tener opciones de revalidar su mandato en 2012. Si, por el contrario, la reflexión interna en el partido se limita a la disyuntiva Rubalcaba o Chacón, los socialistas demostrarán no haber captado el mensaje de las urnas. Y si se enzarzan en unas primarias dos de los ministros más importantes del gobierno al que le toca seguir tirando del carro, hasta los agnósticos nos veremos abocados a recurrir a la oración para que España no siga los pasos que recientemente ha dado Portugal.
Al tiempo que en Génova, y sobre todo en Ferraz, se discute acaloradamente en clave electoral, miles de jóvenes (y no tan jóvenes) de toda España siguen rebelándose públicamente contra la dictadura de los mercados, sin dar crédito ante las medidas de ajuste económico tan lesivas para la clase trabajadora y los pequeños ahorradores que ha venido adoptando, ante la crisis, un gobierno que se dice socialdemócrata. Ellos, los jóvenes que toman las plazas, no están sometidos a las ataduras de la disciplina de partido; son ciudadanos libres que no tienen miedo de reivindicar lo que creen que es justo, siendo coherentes con sus ideales. Reclaman, valientemente, que los platos rotos de este desbarajuste económico los paguen sus causantes, los poderes financieros; que nuestro sistema democrático se regerene y actualice, persiguiendo eficazmente la corrupción, superando el bipartidismo para dar cabida en las instituciones a la pluralidad política e ideológica que se da en una sociedad como la presente; y que se ponga en valor la condición de servidores públicos de los políticos electos, frente al estatus privilegiado (inherente a sus cargos) del que disfrutan.
Ante este clamor popular, solo partidos minoritarios como Izquierda Unida, e incluso Unión Progreso y Democracia, han querido o sabido responder hasta el momento. Pero, ¿qué hay del PP que proclama centrarse en los problemas de la gente?, ¿y del Zapatero que prometió hace siete años no defraudar a los jóvenes? A ninguna de las dos fuerzas políticas mayoritarias se les ha ocurrido pasarse por la Puerta del Sol, quizás por el miedo de sus dirigentes a ver en el espejo de esos jóvenes indignados el reflejo certero de su propia mendacidad, la constatación de sus promesas incumplidas.
Inexorablemente, la vida seguirá su curso durante los nueve meses que restan para las elecciones generales entre el descontento popular, las carreras presidenciales y la carestía, siempre con la incertidumbre como telón de fondo. Subsistiremos cada día, a pesar de la crisis, preguntándonos qué nuevo recorte del Estado del Bienestar se llevará a cabo mañana para que no quiebre un banco, y contemplando cómo dos personajes pulcros y elocuentes salen a la palestra, jornada tras jornada, para prometernos el oro y el moro en medio de esta travesía desértica, a cambio de una simple papeleta.
Decía Víctor Hugo, el gran escritor galo, algo así como que la sumisión del oprimido a su opresor acaba por ser complicidad, y llevaba razón. Al fin y al cabo no sé de qué nos quejamos si siempre, contra viento y marea, votamos a los mismos.
JOAN MANUEL SERRAT;
"Buenos Tiempos"
Año 1998.
CARPE DIEM,
Soldemercedes.