sábado, 4 de junio de 2011

XV ESTACIÓN: Recuperar la inocencia.

Sin ánimo de ser sensacionalista, quisiera lanzar al aire una pregunta que, aunque no tendrá mayor trascendencia que cualquier otra interrogación retórica condenada a morir irresuelta, puede hacernos reflexionar profundamente sobre lo que está ocurriendo en nuestro mundo: ¿hasta cuándo?

Es rara la jornada en la que no se nos indigesta en el desayuno, el almuerzo o la cena alguna dantesca crónica sobre la barbarie que está sacudiendo los países árabes. Cifras ingentes de cadáveres de unos y otros bandos, difíciles de contabilizar en el fragor del fratricidio, pesan ya sobre las espaldas de los líderes autócratas de Libia, Siria o Yemen. Esos que, abyectamente, decidieron anteponer sus intereses personales y su orgullo a las demandas de libertad de su pueblo.

Decía Jean Paul Sartre que cuando los ricos hacen la guerra son los pobres los que mueren. En los cruentos conflictos internos que se están produciendo actualmente en varios países, la situación es aún más dramática: Las bajas civiles no son daños colaterales de una conflagración militar (salvo en Libia, con los bombardeos sistemáticos de la OTAN), sino consecuencia directa de una brutal represión gubernamental. La gente humilde de aquellos lugares se hace mártir diariamente por la libertad y la democracia, nobles causas que, como sabemos por propia experiencia, no se suelen realizar sin haberse cobrado antes su inexorable cuota de sangre. Pero detrás de todas esas víctimas habrá muchas historias desgarradoras. En las guerras civiles de oriente debe de haber familias enteras destrozadas por el horror, hogares arrasados por el huracán de la violencia, madres que lloran a sus hijos, huérfanos que extrañan a sus padres, e incluso recién nacidos condenados a dar sus primeros pasos entre la miseria y la devastación que han de seguir a la masacre.

Ayer, leyendo en la quietud matutina de mi habitación algunas poesías de otro gran luchador por la libertad que fue Miguel Hernández, me detenía con especial atención en las conmovedoras "Nanas de la Cebolla". El poeta de Orihuela se las dedicó a su segundo hijo, un niño que, con apenas dos años, estaba creciendo entre penurias y sin el cariño de su padre, preso político del Régimen franquista por haber batallado en la Guerra Civil del lado de la República. No pude evitar, por ello, identificar a ese bebé risueño de la posguerra española, preservado aún de la cruda realidad del mundo por la sólida coraza de la inocencia, con tantos otros como él que en Libia, Siria o Yemen, serán la razón más poderosa que impele a sus padres a luchar en las calles por un futuro más digno.

En medio de todo este horror lanzo ese grito desesperado, ¿hasta cuándo? Ojalá ni una sola generación más se vea marcada por una contienda fratricida, por la destrucción, la pobreza y las heridas abiertas que deja tras de sí cualquier guerra. Quiera el destino que algún día seamos capaces de entendernos plenamente a través del diálogo, que la palabra se revele como la más potente de las armas, que lo más benigno y puro de nuestra condición humana termine por eclipsar sus impulsos más ruínes. Quién sabe si algún día las personas seremos capaces de mantener,en ciertas dosis, ese don supremo de la infancia que hoy se antoja casi una virtud cardinal.

Al crecer, la soltamos de la mano y le damos esquinazo con desdén, viéndola como un lastre para desenvolvernos en el mundo con soltura. Sin embargo, cuando perdemos por completo la inocencia renegamos de lo mejor de nosotros mismos, y abrimos la caja de Pandora de nuestro potencial destructivo. Cada día estoy más convencido de que, en el contexto de la crisis de valores en la que anda sumido este planeta, nos urge especialmente recuperar la inocencia para hacer, quizás, el mundo más humano.



JOAN MANUEL SERRAT;
"Nanas de la Cebolla".
Año 1972.

CARPE DIEM,
Soldemercedes.

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