No sé si estarás allí, en aquel paraíso que secularmente nos prometieron. No sé si habrás abierto y cruzado la puerta triunfal de un lugar para el que ni el sufrimiento físico ni el del alma tengan acreditación de acceso. No sé si habrás borrado ya de tu memoria los estremecedores episodios de tu calvario particular, ni si habrás conseguido trocar tu dolor inaplacable en bienestar placentero y merecido.No sé si ahora estás en todas partes, o si aplaudes los siguientes actos de nuestra vida desde el palco más airoso del teatro, solo reservado a los actores eméritos, a los que se dejaron la piel sobre las tablas, a aquellos para quienes ya cayó el telón. No sé siquiera si éstas palabras conforman una carta con destino, o tan solo un simple y amargo soliloquio con vocación trascendente.
De cualquier forma, yo ya no creo en los milagros in extremis, ni en la Divina Providencia, ni en las llaves de San Pedro. Porque tú partiste sin decir a dónde, sin dejar más señas, sin destino conocido ni retorno previsible. Y, como ni una sola de las cartas que nuestro buzón ha recogido desde entonces llevan tu nombre en el reverso, no sé qué habrá sido de tus fuerzas, de tu lucidez eterna, de tu enorme corazón, de tus ganas de vivir, de tu devoción sincera, de tus dotes cocineras, de tus recuerdos e ideas... ¿Cómo puede la guadaña segar tan lozana espiga que, incluso estando marchita, no cesa de dar su grano?
No sé si tu casa degradada, ahora vacía, sería tu última morada, o si ya habrás encontrado un nuevo lugar donde vivir. No sé si realmente te marchaste una mañana, o simplemente dejaste de existir, viniendo de la nada para retornar al vacío. No sé si tu final fue tu principio, o no fue más que un triste e injusto epílogo. No sé si llegaré a verte algún día, allá donde la luz lo envuelva todo, o si no habré de encontrarte más que en el recuerdo remoto de mi infancia y juventud cuando, allende los años, mi corazón quiera buscarte.
Y entre tanta incertidumbre, sí que albergo una certeza: superaste la prueba. El rigor de la enfermedad pudo con tu vida, pero tú has sobrevivido a ella. Puede que aquel día no cruzaras ninguna frontera, que tu reloj se detuviera en el momento postrero, que tu suspiro final aún flote perdido en el aire, que nada de ti trascendiera más allá de este mundo intrascendente. Sin embargo, en la memoria de quienes te quisimos, conquistaste el paraíso ultraterreno. Porque aunque tu cuerpo sea polvo, y solo polvo seamos, a través de nosotros tú siempre seguirás viva.
HASTA SIEMPRE.
CARPE DIEM.
ERIC CLAPTON: "Tears in Heaven".
Año 1993.CARPE DIEM.
Soldemercedes.
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