
SEIS y media de la tarde. Lo malo de este horario de invierno es lo pronto que anochece. Aún no son ni las siete, y ya la luz del Sol anda próxima a ocultarse tras el inmenso océano de tinieblas de la madrugada. La melancolía de un nuevo atardecer se descompone en una sinfonía interminable de colores tristes, débiles, fríos y moribundos tras el cristal de mi ventana. Si hubiese algún interruptor, algun práctico enchufe que, con solo un click, volviese a iluminar el cielo y ganase la batalla a las sombras, podría detener el avance de éste condenado atardecer que se torna en sal para mis heridas. Y esque así como la fría oscuridad del invierno engulle todas las luces y colores vivos que encuentra a su paso, mi alma está sumida en una penumbra continua y permanente, en un tenebroso caos de inseguridad y enigmáticas sombras que parece no dar tregua, e incluso crecer más cada minuto.
Son las 18:30 y vuelvo a pensar en ella. Ni esta fria oscuridad es capaz de apartarme de la luz candorosa de sus ojos, del brillo de su pelo, del blanco resplandor de su sonrisa, del calor confortante de su cuerpo. Es curioso, pero hasta el color del cielo a éstas horas me recuerda al de sus labios, el suave roce del aire sobre mi piel es capaz de hacerme imaginar la caricia de su pelo, cada aroma que percibo me recuerda su suave olor por las mañanas; cada uno de mis sentidos está irremediablemente impregando de su esencia, desde aquel primer dia que cruzamos las miradas.
Podría sumergirme bajo el agua, huir hasta el confín mas remoto de la Tierra, contar hasta infinito y luego a la inversa, hacer millones de crucigramas del ABC, rezar hasta secarme la garganta, dejar secos hasta 400 cartuchos de tinta sobre el papel, incluso podría enajenarme transitoriamente y destrozar un mueble a patadas pero, ¿qué mas da, para qué, de qué me serviría? Haga lo que haga siempre habrá algún instante en el que su imagen se haga presente de nuevo en mi mente. Tres mil cosas que hiciese para no pensarla, tres mil cosas que terminarían llevándome nuevamente a ella.
Dónde meto este sentimiento en expansión, dónde guardo la inquietud que me provoca su mirada, dónde escondo y cómo disimulo ese temblor nervioso que siento cada vez que quiero dirigirme a ella, cada vez que las circunstancias o la propia inercia de mis sentimientos me hacen ignorar una vez más la distancia de seguridad necesaria entre ella y yo.
Sin remedio, aquí estoy de nuevo, deshojando la margarita una vez más, agotando todas mis opciones, tratando de explorar todos los caminos y pensando en todas las posibilidades, pero todavia huyendo de la idea de mirarla frente a frente y decirle lo que siento; cavilando sin parar pretextos para abordarla, ideas para mostrarme a ella tal como soy, maneras de ganar su confianza; alerta continuamente ante cualquier palabra o gesto que pudiera dirigirme, cualquier mensaje (en abierto o codificado) que puedan emitir sus labios y sus manos; aun una simple broma o guiño suyo es capaz de convertirme, por unos instantes, en la persona más feliz sobre la faz de la Tierra. Y esque mi mano y mi bolígrafo se deshacen todo el día en palabras para ella, hacen horas extras sin cobrarlas para que pueda poner por escrito todo lo que siento, con la esperanza de que algún día, quizás por capricho del destino, sus bellos ojos de cielo se posen sobre estas líneas.
Frustrado, estresado, nervioso, obnuvilado, extasiado, absorto, ausente, encandilado... Así me descubro ante su simple presencia cada día. Pero amigo, ¿sabes qué? Menuda ironía, por todos los santos, me gusta estar así. Quizás de ese modo la siento más cerca de mí, dejo volar mi imaginación y puedo imaginarla a mi lado en medio de un efímero y mágico paraíso de caricias y deseos cumplidos.
Y esque tal vez así, aunque solo sea por un momento, siento la ilusión cabalgar por mis venas; quizás así, cada día, me siento vivo.
"Hablando Solo"; ECOS DEL ROCÍO.
Álbum "Pensando en Ti" (2004).
CARPE DIEM,
Soldemercedes.
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